
Era tan evidente el carácter rural y por supuesta añadidura bonachón de la señora, que a ninguno de los dos se nos ocurrió preguntarle el precio del terreno que compartiríamos con su ganado, ni dudar siquiera de sus “baños lindos y limpiecitos”. Simplemente, instalamos la carpa donde nos dijo y decidimos probar que tal.
Recién comenzaba el viaje y estos pequeños contratiempos no menguaron nuestro ánimo. Rápidamente, decidimos salir a pasear alrededor del pueblito, siempre es rico recorrer tu lugar de vacaciones en forma pedestre y llenar el estómago aventurero de lindas experiencias. Pero, primera gran decepción, las caminatas allí eran bien inviables, o más bien se podía caminar pero como preso en una larga celda, un kilómetro hacia el este y de vuelta al oeste. El camino era raro como que se cortaba en bosque en ambos costados y, además, un bosque tupido e inexpugnable, en la práctica no se podía avanzar, no me pidan detalles lógicos pero no se podía, hoy me lo imagino como los cuentos de marineros en la época de Colón, como que luego de esos bosques venía el acantilado, era como el punto final de un planeta cuadrado por ambos costados.
A la pobreza del trekking hay que añadir los coliguachos, si Mantilhue alguna vez crece a la categoría de pueblo de relevancia, su escudo debiera contar con la imagen de tal molesto y abundante bicho. El sitio estaba infesto de coliguachos, eran muchisisisimos te atacaban de 10 con suerte, lo que hacía imposible actividades tan importantes y humanas como simplemente estar afuera. Si caminabas el kilómetro mantilhuano parecías un pajarraco descoordinado siempre aleteando y pegándote en la cabeza evitando que te succionen la sangre. Por lo tanto, a los pocos minutos de estar en el “balneario” nos acostumbramos a andar con un buen palo en la mano tratando de achuntarles, cosa que no era fácil incluso con la práctica que proporcionan varios días en el lugar.
Después de descartar la caminata como pasatiempo, la belleza del lago Puyehue y la playa local eran otra cuestión medular a la que habíamos ido. Sacamos las toallas y nos echamos en la arena a tomar solcito a leer, etc., sin embargo también se presentaron serios inconvenientes, los pocos autos, jeep y camionetas que pasaban por el pueblo gustaban de recorrerlo por su playa. Varias veces estuvimos a punto de ser atropellados, de hecho la arena estaba llena de huellas de ruedas, pero si querías simplemente correr el riesgo suicida de morir reventado en ella, los coliguachos te recordaban que había cosas aun peor que la muerte, ergo olvídate por ejemplo de leer un libro en esas condiciones.
Sin desanimarnos, aún nos quedaba bañarnos en el lago que en el sur siempre son un poco fríos pero tranquilos, hermosos y refrescantes. Nos lanzamos al agua, pero nuestros amigos coliguachillos nos siguieron hasta allí, y entonces “eureka” usamos la alternativa de escabullirnos buceando ya que en el agua nunca nos encontrarían, pero para pasarnos 12 horas sumergidos hubiésemos necesitado equipos submarinos de alta tecnología con los que por cierto no contábamos y creo que aún no se inventan. De hecho, cuando me encapriche en respirar un rato, al sacar mi nariz un bicharraco se posó en ella y se alimentó de la sangre de mi prominencia respiratoria. Definitivamente ni caminar, ni tomar sol, ni bañarse, ni nadar, ni casi respirar, eran actividades adecuadas para practicar en el lugar.
Sin embargo, entre tanto intento frustrado pero variado las horas corrieron con cierta rapidez. A todo esto, también fuimos a visitar el camping indicado por Turistel y nos encontramos con un recinto cerrado por gruesas cadenas y candados, con la hierba hasta el cielo lo que demostraba que llevaba varios años clausurado, y eso que la guía de camping decía renovarse y comprobarse año a año.
Llegada la hora de la comida, junto a las vaquitas, encendimos nuestro anafre de mochilero para preparar una deliciosa sopa de espárragos, pero ¡ohhh sorpresa! el fuego del anafre se apagaba, ya que Mantilhue era una locación muy ventosa. Para hacer ese miserable plato nos gastamos un baloncito de gas completo y la sopa quedó derechamente fría - ni siquiera tibia - llena de grumos enormes del tamaño de un bolón que tuvimos que ingerir con asco y raspando el paladar. Así, ese día llegamos a la conclusión que cocinar no era una actividad que pudiésemos realizar con calma en ese pueblo.
Medio hambrientos pero con la esperanza de un mejor amanecer nos fuimos a acostar ese día. Nos metimos a los sacos y tratamos de descansar. Pero aquí nos encontramos con dos nuevas sorpresas: el poder de la fe y las curiosidades etológicas de la fauna vacuna enfrentadas a la tecnología habitacional outdoor.
Respecto de lo primero, a poco pegar los ojos escuchamos con mucho ímpetu y volumen vocal los cantos a viva voz de un fervoroso grupo religioso (Testigos de Jehová, acaso) que habían hecho campamento a pocos metros de nosotros. Las alabanzas al Señor nos dificultaron gravemente el dormir y cuando por fin algo lográbamos sumergirnos en sopor, los sueños estaban plagados de imágenes bíblicas siempre perturbadoras para un par de agnósticos. Bíblico y todo, dormir es al fin dormir, sin embargo aquí entró en acción el segundo elemento despertador, por alguna razón que alguna vez National Geographic deberá investigar, a las vacas les fascinan la carpas y esa fascinación es de carácter medio sexualizada, a ellas les encantaba nuestra pequeña carpa iglú para 4 personas. De a montones se acercaban a ella para chupetearlas y langüetearlas con ganas, cuando su lengua pasaba entre la tela y nuestros cuerpos nos llegaban a mecer, ahí descubrimos la versatilidad de la naturaleza ya que los mismos palos mata coliguachos servían para salir en calzoncillo en medio de la noche a corretear a las coquetas vacas. En fin, definitivamente Mantilhue no era un lugar muy agradable tampoco para dormir.
Mal dormidos despertamos tipín 6 de la mañana con los cantos de varios entusiastas gallitos. Nos vestimos y como es parte de la fisiología mañanera nos fuimos a orinar a los “lindos y limpios bañitos de la señora”, sin embargo en vez de baños nos encontramos con un hoyo de una putrefacta letrina en el centro de unas casetas destartaladas, antes de entrar a ella a unos 10 metros ya se podía sentir el horrible hedor que expelía, bastó visitarla una vez para saber que no queríamos ir más. Sin perder las ganas y considerando que esto tenía ribetes de aventura ecoturistica decidimos usar la vegetación para verter nuestros desechos. Acá de nuevo la geografía de Mantilhue nos traicionó, el campo era tan plano que aunque te internaras varios kilómetros a regar un arbusto siempre se podía ver que estabas meando por ahí. Pero no había vuelta y perdimos por un rato la vergüenza, sin embargo, algo elemental se nos había escapado de nuestro inventario, para tener un buen ganado vacuno como el de nuestra anfitriona no sólo se debe tener vacas sino también el macho de la especie, también es bien sabido que a los toros el color rojo o rosadín – en este caso el de nuestros traseros pelados al sol- les llama a la furia. De esta forma a no mediar la mitad del chorro orinal que el fuerte viento también nos devolvía en nuestras ropas, el respetable toro salió veloz a embestirnos con sus cuernos. A poto pelado corrimos desesperados de vuelta a la carpa saltando zanjas y cayéndonos al pastizal en una escena por cierto patética. Nueva conclusión, Mantilhue no era tampoco un buen sitio para orinar ni defecar.