
Aceituno era un profesor contratado para guiar las prácticas profesionales de los alumnos de Historia y Geografía. Semejante cargo le permitía ostentar el poder de “vida o muerte” en el crepúsculo de nuestra vida universitaria y él conciente de ello manejaba y disfrutaba dicho poder. Según escuché, -aunque ahora dudo de ello- a muchos les había reprobado las prácticas.
Cincuentón, moreno, poncheron, crespo, de bigote cuadrado y lentes poto botella, pinta como funcionario público jubilado, hablaba cargado a la “sh” y con garabatos, parecía más un feriante que un académico.
Como muchos era parte del sector de los profesores entrados por la ventana, su nexo era la amistad intima la amistad que mantenía con el jefe de Departamento de Ciencias Sociales, al cual siempre se refería como el “Masca Chicha” recordando sus incontables carretes en conjunto en el “Barrio Chino” .
Aceituno fue mi profesor guía en el Liceo Número 1 de Niñas de Valparaíso. Recuerdo que en nuestro primer encuentro – como siempre lo hacía con todos los estudiantes- nos llevó a un grupo de 6 practicantes en su Fiat 125 bien apretujados a recorrer los liceos del puerto para encontrar un establecimiento que nos quisiera recibir. El trayecto demoraba un día completo, pues se bajaba en cada colegio a conversar con el director o directora –personajes conocidos por el y más o menos de su calaña- llevando consigo los alumnos escogidos dedocraticamente para practicar allí, el resto debíamos esperar horas en el auto hasta que lograra su objetivo, o que fallará y trajera a los muchachos de vuelta. El recorrido incluía además vueltas a la universidad a cargar más practicantes. Uno se sentía como un perro “kiltro” al que iban a ofrecer a diferentes casas esperando alguna viejita de buena voluntad que te quisiera acoger.
Aceituno me tomó buena de una forma muy extraña. Al segundo día de comenzar la práctica en el liceo le solicite a la profesora encargada del curso que me tocó que me dejará comenzar a hacer clases. Esa jornada me fue a visitar mi profesor guía, abrió la puerta de la sala y me vio en labores de maestro, se le salieron los ojos de sus órbitas y ante la impávida concurrencia de las pinguinas y la profesora presente me agarró de la oreja y me sacó fuera de la sala cual cabro chico:
- “Que se te ocurre que estai haciendo ohhh”
- “Haciendo clases profesor”.
- “Pero quién cresta te ha dado autorización, no cachai acaso que según el reglamento vos recién debis comenzar el otro mes a dar clases”. Nunca jamás conocí el reglamento ni hasta donde luego supe nadie lo conocía. Más que reglamento a Aceituno le molestó que no le informara antes.
- “Cachai que te voy a cortar la práctica por esto”.
- “Pero profesor disculpe no sabía del reglamento, pararé de inmediato de hacer las clases”. Me miró con cara paternal y en un giro absolutamente inesperado me abrió la puerta de la sala y me dijo.
- “Eris un buen cabro, sigue haciendo clases no más, pero calleuque el loro”.
Un mes después luego de nuevamente observar una de mis clases le hice notar que las alumnas tenían graves problemas para asimilar conceptos abstractos que debieran ir con su nivel cognitivo, por ejemplo no conocían la palabra proceso.
- “Pero mijo teni que hablarles en su idioma pa que te entiendan. El proceso por ejemplo es que un gallo cacha a una mina, primero le pega la cachaa, luego se le arrima, la invita a pasear, después la pololea un rato, se van a lo oscurito, luego le pega agorronsitos y por último se la come. Cachai”
El Huaso
El Huaso era un compañero de historia originario de Nogales, pueblo rural de sólo una calle colindante con las urbes de Quillota y La Calera. Con cara de ruralidad, coloradito, grandote, de aspecto orangutanado, al muchacho se le entendía bien poco porque hablaba como huaso. Todas sus frases sonaban como que estaba retando a una yegua chucara, o sea con un remate como “gueyyyy”
Era común verlo trenzado en discusiones de alto nivel intelectual con compañeros de Quillota, Olmue, La Calera u otras. En ella solían abordar temas de ámbito regional y Hortofrutícola. Muchas veces le escuché al Huaso increpar por ejemplo a un compañero Quillotano:
- “Saale pa ya hueon Quillotano tu pueblo de mierda nunca ha producido chirimoyas, toas salen de Nogales”
O a otro de La Calera:
- “Vos Calerano al peo, en tu pueblo no les crece ni una huea en las matas, no como en Nogales”
Y así siempre podía sacar un argumento descalificatorio frutal. Siempre se agarraba con los de las zonas interiores agrícolas. Con los de Valpo, Viña y Santiago obviamente no tenía muchos kilos ni mayas que comparar para hacernos sentir mal.
El Nogalito representaba algo así como el tercer mundo de la UPLA quizás incluso el cuarto. No le iba muy bien, siempre rozaba la expulsión por notas y la mayor parte de los cursos los pasaba por segunda, tercera y cuarta oportunidad. Pero como la Universidad no era precisamente un coladero, el Huaso llegó a la instancia de poder hacer su práctica.
Aceituno fue su profesor. Mala cosa para él porque el académico no era precisamente discreto. El tenía un ranking de alumnos en práctica que le mostraba a todo el mundo, de preferencia a los mismos alumnos. Era como una tabla de posiciones y el Huaso irremediablemente se iba todas las semanas de por lejos a la segunda división. Siempre decía que el “Cabro ahuasado no sabe hablar” “Que los alumnos no lo pescan” “Que partió cortao” etc.
Por lo anterior resultó una gran sorpresa cuando terminamos el semestre vimos que el Huaso había aprobado la práctica. No calzaba por ninguna parte. Aceituno juro y re juró que lo rajaba y en verdad un mínimo criterio de compasión con la educación chilena y la formación de las futuras generaciones ameritaba que el alumno no lograra su objetivo, el compañero por decirlo suave ni siquiera hablaba de corrido.
El misterio permaneció algunas semanas aunque el Huaso jurara que se lo ganó en la cancha, nadie le creía. Obviamente tampoco se lo preguntaríamos a Aceituno en su cara. Hasta que apareció una versión verídica de alguien confiable nuestro compañero denominado “El Perro”.
El Perro que compartió Liceo de práctica con el Huaso me confidenció que vio el instante en que este cabizbajo salía de su último día de práctica de la sala de clases, y como era una tradición atrás Aceituno lo venía increpando por sus faltas en el aula. En el pasillo del colegio mientras los alumnos salían a recreo vio el instante en que por primera vez el Huaso miro a los ojos desafiante a Aceituno. Seguramente este ya le había comunicado definitivamente que había reprobado la práctica y ahí se produjo un instante glorioso e inolvidable, según El Perro, el Huaso que hablaba mal pero fuerte le dijo al Profesor guía “Pero profe no sea así arreglémoslo con Paltas”.
Haciéndole honor a su apodo, el fiel relato del Perro pudo corroborarse días después cuando el Huaso llegó a la Universidad en un camión de feriante repleto de paltas. Sin pudor preguntó hasta encontrar a Aceituno. Según dijo, se las había vendido, sin embargo ya todo cuadraba, simplemente se había establecido que una original forma de pasar las duras pruebas universitarias era ser oriundo de una zona de tierra generosa.