
Emitir opiniones desde la lejanía de un presente placido y ecléctico como el actual sobre personajes de una época de ambientes turbulentos en que el mundo estaba enraizado en la disyuntiva propia de la guerra fría y de la sensación de que otro mundo y estructura social era posible, es de todo punto de vista una arbitrariedad. Debo partir desde esa base humilde para poder disparar con la absoluta convicción que lo haré desde mi vida cómoda y poco comprometida.
Por otra parte pienso que después de un par de décadas en que se ha repasado tanto en Chile como en Latinoamérica los años de las dictaduras de los 70 y 80 como una época de aritmética simple entre Buenos V/S Malos, Terror V/S Víctimas, Verdugos V/S Mártires, muchos análisis comienzan a poner el foco en las múltiples sombras que poseían los movimientos de izquierda revolucionaria en el continente. Esto que se está tejiendo lentamente no apunta a redimir en lo absoluto la imagen de las dictaduras ni mucho menos, al contrario ya establecido y por fin ampliamente consensuado su carácter criminal, ha quedado liberado el camino para revisar el supuesto “heroísmo” de los movimientos a los que pertenecían la mayor parte de las víctimas.
Establecidos estos dos puntos de partida, me motivó escribir este post el volver a escuchar sobre la llamada “Operación Hogares” que permitió al MIR dejar seguros a sus hijos pequeños en Cuba mientras comenzaban la “Operación Retorno” para volver a la lucha armada clandestina en Chile contra la dictadura militar. Más de 40 niños quedaron al cuidado de una gran guardería en la Isla mientras la mayor parte de sus padres morían en un nuevo y fracasado intento de guerrilla.
También se me vienen a la memoria los múltiples reportajes y artículos sobre Gladys Marín quien por pasar a la clandestinidad dejó a sus hijos pequeños al cuidado de terceras personas de su confianza.
Obviamente de este tema sólo existen testimonios épicos y auto referentes que justifican estas medidas; padres luchadores que debían ir a la batalla por sus ideales, cuidando a sus hijos de las represalias que contra ellos tomarían de seguro los agentes de la dictadura. Por sobre todo estaba el “objetivo mayor”, “la causa”, “El derrocamiento de la tiranía” y otros tantos lemas de fuego que apuntan a que al mirar el horizonte no podía repararse en lo pedestre y mundano.
Pues bien, lo cierto es que la causa de la izquierda más radical fue un total fracaso en Chile, fracaso militar primero pues todos los intentos de resistencia armada del MIR y luego del FPMR fueron inútiles y aplastados por el pinochetismo, pero también político; nunca sus acciones se tradujeron en presión real contra la dictadura de hecho la transición chilena fue llevada a cabo por los partidos más cercanos al centro político que harían cuerpo en la “Concertación”. Pero aún las acciones “por las armas” fueron usadas de justificación para acrecentar la represión del régimen: la operación Albania, el asesinato de José Carrasco, Jecar Nehgme, entre muchos otros dan cuenta de esto. Para colmo estos movimientos heredaron en los primeros años de democracia a grupos escindidos FPMR y MAPU LAUTARO que sólo sirvieron para aumentar el prontuario y manchar con sangre lo que se iba consolidando pacíficamente.
Al fracaso nacional debemos agregar el global, “la caída del muro” develó el naufragio del experimento socialista. En su gran mayoría para los pueblos que lo padecieron lejos de igualdad y desarrollo significó dictaduras, conculcación de libertades, atentados a los derechos humanos, retraso económico y daño ecológico entre otros desastres.
Tomando en cuentas ambas perspectivas lo más leve que se puede declarar es que ese inmenso sacrificio que significó relegar a los hijos “por la causa” fue un grave error que no valió la pena, el proyecto revolucionario se vino abajo por el peso empírico de la historia. A veces las grandes empresas humanas tienen costos de diferente calibre, ya sea monetaria, material, de tiempo etc. Pero sin duda la pérdida de vidas, la destrucción familiar, la ausencia filial es por lejos de las mayores.
Pero a mi juicio hay algo más importante que subyace a todo esto. Yo estudie en el Colegio Latinoamericano de Integración donde conocí a innumerables hijos de exiliados, y me tocó ver varios casos de compañeros que teniendo a sus padres vivos, casi no sabían de ellos, algunos apenas recibían después de años lejanas cartas. Eran personas que por sus profesiones y a pesar de levantado el exilio habían formado su vida en el extranjero, privilegiando sus carreras por sobre sus familias o formando nuevas. Estos eran papás fríos y ausentes, hombres y a veces mujeres muy brillantes en sus áreas pero definitivamente pobres figuras paternas.
Me atrevo a declarar que dentro del mundo de aquella izquierda, usualmente los hijos tenían un valor muy ínfimo, ocupando el tercer lugar detrás de la ideología y la profesión. Naturalmente la pregunta es: Se podía luchar contra la dictadura, mantener las convicciones políticas y filosóficas sin sacrificar de cuajo a los hijos?. A mi entender la respuesta es si, conocí y conozco muchas excepciones de personas de aquella ideología que sufrieron de torturas, exilio y persecución y que a pesar de ello fueron y han sido siempre unos magníficos padres y siempre trataron aun con dificultad de estar cerca y proteger a sus hijos.
Hoy en mi perspectiva de papá me cuesta entender a aquellos que por su trabajo, por su carrera, por “falta de tiempo” postergan gravemente a sus niños, esos que nunca llegan a las reuniones del colegio, que dicen “le estoy asegurando el futuro” y nunca están en el presente, etc. Para los hijos la falta del padre o la madre siempre es un daño irreparable que se resiente en la psiquis del individuo y marca su desarrollo futuro.
Por eso me es casi imposible esa actitud que tuvieron muchos “combatientes” que prefirieron ir en busca de la “Salvación del mundo” arruinando a los suyos. No entiendo como se puede tener compasión con los demás y no tenerlo primero con aquellos más cercanos. Es verdad muchos no tuvieron opción pero la mayoría si la tuvieron.
Por otra parte pienso que después de un par de décadas en que se ha repasado tanto en Chile como en Latinoamérica los años de las dictaduras de los 70 y 80 como una época de aritmética simple entre Buenos V/S Malos, Terror V/S Víctimas, Verdugos V/S Mártires, muchos análisis comienzan a poner el foco en las múltiples sombras que poseían los movimientos de izquierda revolucionaria en el continente. Esto que se está tejiendo lentamente no apunta a redimir en lo absoluto la imagen de las dictaduras ni mucho menos, al contrario ya establecido y por fin ampliamente consensuado su carácter criminal, ha quedado liberado el camino para revisar el supuesto “heroísmo” de los movimientos a los que pertenecían la mayor parte de las víctimas.
Establecidos estos dos puntos de partida, me motivó escribir este post el volver a escuchar sobre la llamada “Operación Hogares” que permitió al MIR dejar seguros a sus hijos pequeños en Cuba mientras comenzaban la “Operación Retorno” para volver a la lucha armada clandestina en Chile contra la dictadura militar. Más de 40 niños quedaron al cuidado de una gran guardería en la Isla mientras la mayor parte de sus padres morían en un nuevo y fracasado intento de guerrilla.
También se me vienen a la memoria los múltiples reportajes y artículos sobre Gladys Marín quien por pasar a la clandestinidad dejó a sus hijos pequeños al cuidado de terceras personas de su confianza.
Obviamente de este tema sólo existen testimonios épicos y auto referentes que justifican estas medidas; padres luchadores que debían ir a la batalla por sus ideales, cuidando a sus hijos de las represalias que contra ellos tomarían de seguro los agentes de la dictadura. Por sobre todo estaba el “objetivo mayor”, “la causa”, “El derrocamiento de la tiranía” y otros tantos lemas de fuego que apuntan a que al mirar el horizonte no podía repararse en lo pedestre y mundano.
Pues bien, lo cierto es que la causa de la izquierda más radical fue un total fracaso en Chile, fracaso militar primero pues todos los intentos de resistencia armada del MIR y luego del FPMR fueron inútiles y aplastados por el pinochetismo, pero también político; nunca sus acciones se tradujeron en presión real contra la dictadura de hecho la transición chilena fue llevada a cabo por los partidos más cercanos al centro político que harían cuerpo en la “Concertación”. Pero aún las acciones “por las armas” fueron usadas de justificación para acrecentar la represión del régimen: la operación Albania, el asesinato de José Carrasco, Jecar Nehgme, entre muchos otros dan cuenta de esto. Para colmo estos movimientos heredaron en los primeros años de democracia a grupos escindidos FPMR y MAPU LAUTARO que sólo sirvieron para aumentar el prontuario y manchar con sangre lo que se iba consolidando pacíficamente.
Al fracaso nacional debemos agregar el global, “la caída del muro” develó el naufragio del experimento socialista. En su gran mayoría para los pueblos que lo padecieron lejos de igualdad y desarrollo significó dictaduras, conculcación de libertades, atentados a los derechos humanos, retraso económico y daño ecológico entre otros desastres.
Tomando en cuentas ambas perspectivas lo más leve que se puede declarar es que ese inmenso sacrificio que significó relegar a los hijos “por la causa” fue un grave error que no valió la pena, el proyecto revolucionario se vino abajo por el peso empírico de la historia. A veces las grandes empresas humanas tienen costos de diferente calibre, ya sea monetaria, material, de tiempo etc. Pero sin duda la pérdida de vidas, la destrucción familiar, la ausencia filial es por lejos de las mayores.
Pero a mi juicio hay algo más importante que subyace a todo esto. Yo estudie en el Colegio Latinoamericano de Integración donde conocí a innumerables hijos de exiliados, y me tocó ver varios casos de compañeros que teniendo a sus padres vivos, casi no sabían de ellos, algunos apenas recibían después de años lejanas cartas. Eran personas que por sus profesiones y a pesar de levantado el exilio habían formado su vida en el extranjero, privilegiando sus carreras por sobre sus familias o formando nuevas. Estos eran papás fríos y ausentes, hombres y a veces mujeres muy brillantes en sus áreas pero definitivamente pobres figuras paternas.
Me atrevo a declarar que dentro del mundo de aquella izquierda, usualmente los hijos tenían un valor muy ínfimo, ocupando el tercer lugar detrás de la ideología y la profesión. Naturalmente la pregunta es: Se podía luchar contra la dictadura, mantener las convicciones políticas y filosóficas sin sacrificar de cuajo a los hijos?. A mi entender la respuesta es si, conocí y conozco muchas excepciones de personas de aquella ideología que sufrieron de torturas, exilio y persecución y que a pesar de ello fueron y han sido siempre unos magníficos padres y siempre trataron aun con dificultad de estar cerca y proteger a sus hijos.
Hoy en mi perspectiva de papá me cuesta entender a aquellos que por su trabajo, por su carrera, por “falta de tiempo” postergan gravemente a sus niños, esos que nunca llegan a las reuniones del colegio, que dicen “le estoy asegurando el futuro” y nunca están en el presente, etc. Para los hijos la falta del padre o la madre siempre es un daño irreparable que se resiente en la psiquis del individuo y marca su desarrollo futuro.
Por eso me es casi imposible esa actitud que tuvieron muchos “combatientes” que prefirieron ir en busca de la “Salvación del mundo” arruinando a los suyos. No entiendo como se puede tener compasión con los demás y no tenerlo primero con aquellos más cercanos. Es verdad muchos no tuvieron opción pero la mayoría si la tuvieron.